LOS ADULTOS ACONSEJAN

Control de la lengua

«Controlen la lengua». Es probable que se cometan más pecados y se haga más daño por un mal uso de este pequeño miembro, que por ningún otro medio. La facultad del habla es una de las más útiles con que Dios nos ha dotado, pero es sumamente susceptible de ser mal utilizada. La Escritura llama, por tanto, «varón perfecto» (Stg 3:2) al hombre que es capaz de dominar la lengua, y afirma también que «si alguno se cree religioso… y no refrena su lengua… la religión del tal es vana» (Stg 1:26). Las palabras que pronunciamos son una exacta indicación del estado moral de nuestra mente. «Porque por tus palabras —dice nuestro Señor— serás justificado, y por tus palabras serás condenado» (Mt 12:37). Los pecados de la lengua no solo son más numerosos que los demás, sino que algunos de ellos son los más horribles que el ser humano puede cometer (el pecado que no tiene perdón, es un pecado de la lengua).

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No es solo que debemos evitar toda profanidad, obscenidad y falsedad, sino que debemos esforzarnos constantemente para que nuestra conversación sea útil. Estén siempre dispuestos a comunicar conocimiento, a sugerir ideas provechosas, a recomendar la virtud y la religión, a reprender el pecado, y a dar gloria a Dios. Tengan cuidado de hablar mal de otras personas. El hábito de la detracción es uno de los peores que pueden contraer y señala siempre la presencia de un corazón envidioso y maligno. En lugar de prostituir este miembro activo y útil usándolo para la calumnia, utilícenlo para defender al inocente y al que sufre.

Permítanme sugerir las siguientes breves reglas para el control de la lengua:

  • Eviten la locuacidad. «En las muchas palabras no falta pecado» (Prov 10:19). Si no tienen nada que comunicar que pueda ser útil, guarden silencio.
  • Piensen antes de hablar. Cuántas angustias y dolorosas experiencias se evitarían obedeciendo este simple precepto.
  • Sean especialmente cautelosos en lo que respecta a decir cualquier cosa en forma de promesa, sin haberlo considerado con atención.
  • Sean escrupulosamente cuidadosos con la verdad, hasta en los detalles más pequeños y en todo lo que dicen.
  • Nunca digan cosas que puedan suscitar algún tipo de mal sentimiento en la mente de otras personas. Estén siempre dispuestos a expresar buenos sentimientos, especialmente los que puedan ser útiles para los jóvenes.
  • Escuchen respetuosamente las opiniones de los demás, pero nunca se olviden de dar testimonio, de manera modesta pero firme, contra el error. «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes». (Col 4:6; Ef 4:29)

Una buena conciencia

Mantengan una buena conciencia. Aunque la maldad no tuviera otro castigo que las punzadas de la conciencia que siguen a las malas acciones, ello sería razón suficiente para que cualquier persona evitara aquello que produce tanto dolor. No hay sufrimiento de la mente humana tan intolerable e irremediable como el remordimiento de la conciencia. Un sufrimiento que se aviva cada vez que la persona trae a su mente la acción cometida. Es cierto, la conciencia, por medio del error y reiterada resistencia a sus dictados, puede llegar a insensibilizarse, «cauterizada como con un hierro incandescente», pero esta aparente muerte de la sensibilidad moral no es sino un adormecimiento. Cuando menos se espera y en circunstancias de lo más inoportuno, la conciencia puede despertar y ejercer un poder más intenso que nunca. Aunque por largos años parecía no registrar los pecados cometidos, ahora la conciencia demanda e impone su consideración.

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Los hermanos de José parecían haber olvidado su conducta desnaturalizada y cruel al venderle como esclavo a un país extranjero; sin embargo, tras muchos años se encontraron en aquella misma tierra, rodeados de dificultades y peligros, y el recuerdo de su pecado se precipitó dolorosamente en su mente y les arrancó confesiones de culpabilidad. «Dios —dijeron— ha hallado la maldad de tus siervos» (Gn 44:16). «Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia» (Gn 42:21).

Las personas pretenden a menudo escapar de las punzadas de una conciencia culpable trasladándose a otro lugar, pero este remedio es inefectivo. El transgresor puede cruzar el océano, atravesar las montañas más elevadas o esconderse en los oscuros recovecos del desierto, pero no puede huir ni ocultarse eficazmente de su torturador. En algunos casos, la agonía del remordimiento se ha hecho tan intolerable, que quienes han cometido actos muy perversos han preferido «el suicidio, y la muerte» a una desdichada existencia, y se han precipitado a la presencia de su juez antes de que este les llamara. Y en otros casos, personas que han cometido delitos de sangre han encontrado tan intolerable la angustia del remordimiento que se han entregado voluntariamente a la justicia y con una confesión abierta se han declarado culpables, cuando no había testigos humanos que pudieran demostrar su culpa.

Pero ¿quién hay que no haya cometido pecados, cuyo recuerdo le cause un terrible dolor? Y a menudo, cuando miramos atrás, tales actos se oponen obstinadamente a nuestro descanso. Ningún esfuerzo por nuestra parte puede borrar estas cosas de la memoria. Aunque procuremos apartar los ojos de estos desagradables recuerdos, la dolorosa imagen regresa de nuevo, y aquellas personas cuya conciencia no está cauterizada, se sienten perseguidas por la culpa, como por un fastidioso espíritu. Sus pecados les encuentran y les miran de frente, cuando el peligro amenaza o les sorprende la calamidad. No es fácil explicar por qué nuestra sensibilidad moral es unas veces mucho más intensa que otras; pero es un hecho patente, del que posiblemente todos somos conscientes.

Puede, sin duda, existir una morbosa forma de sensibilidad, una irracional y atemorizada aprensión de la conciencia, que es una enfermedad verdadera y preocupante, y solo remite a base de remedios físicos juiciosamente aplicados. La depresión no es fruto de impresiones religiosas, sino uno de los más infelices estados de la mente, producidos por una perturbación del organismo físico, y que hace que quien lo padece fije sus pensamientos en las cosas más terribles y sombrías. Lo mismo se aplica a la demencia. Muchas personas albergan fuertes prejuicios contra la religión experimental, puesto que consideran que esta pone en peligro la razón, y hace enloquecer a las personas tímidas y deficientes mentalmente.

No hay duda de que cualquier emoción o pasión intensa puede, cuando hay una predisposición a la enfermedad, perturbar el normal ejercicio de la razón. Decir, sin embargo, que este peligro es mayor en las personas profundamente religiosas que en las demás, carece por completo de fundamento. Puede concederse que el fanatismo puede derivar hacia la demencia. De hecho, estoy convencido desde hace tiempo que el fanatismo, especialmente en sus formas más moderadas, no es sino una especie de demencia. No tengo otra hipótesis para explicar las opiniones y conducta de algunas personas que se han apartado por los excesos del entusiasmo. ¿Pero acaso la mejor forma de guardarnos contra esta clase de trastorno mental es el rechazo de lo religioso, y el abandono a los vicios y la infidelidad? ¡De ningún modo! Quienes se refugian en estas cosas descubren que son «refugios de la mentira» (Is 28:17). El único remedio eficaz contra el sufrimiento de una mente perturbada y una conciencia culpable es la verdadera religión. Para esta herida, el bálsamo de Galaad es el único medicamento que ha demostrado ser eficaz. Aquellas personas que pueden apreciar una esperanza viva y feliz más allá de la muerte, que ven a Dios como un Padre con quien están reconciliados, y que sienten benevolencia hacia todos los seres humanos, tienen sin duda en ellos mismos los ingredientes de una paz mental permanente.

Cuando les aconsejo, queridos jóvenes, que mantengan una buena conciencia, quiero decir, que deben, en primer lugar, esforzarse por obtener esta inestimable bendición por la aplicación de «la sangre rociada» (Heb 12:24). Hasta que el alma ha sido justificada y el pecado perdonado, no puede haber verdadera paz de conciencia. Mientras las demandas de la ley siguen sin cumplirse y esta dicta contra nosotros el castigo que merecen nuestros pecados, ¿qué hay en el universo que pueda darnos paz? Sin embargo, cuando, por la fe, el alma hace suya la expiación y ve que esta cumple todas las demandas de la ley, y que la cruz, no solo satisface la justicia, sino que la ilustra gloriosamente, la persona siente un inmediato alivio de la agonía de la culpa y su ser se llena de la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. El gran secreto de la verdadera paz es, pues, una fe viva en la sangre de Cristo. Pero si quieren mantener una conciencia pura y disfrutar la paz, no solo deben obtener el perdón de los pecados pasados, sino procurar también no pecar más en el futuro. La ley de Dios es muy amplia y si queremos mantener la paz de conciencia, hemos de adaptar nuestras acciones a sus preceptos con santa y persistente diligencia.

Una buena conciencia es siempre una conciencia iluminada. El error puede llevar a un hombre a creer que está sirviendo a Dios, cuando en realidad, está persiguiendo a su pueblo; pero esta persona no tiene una buena conciencia. Alguien puede obrar muy concienzudamente y, al mismo tiempo, de manera muy perversa. Supongo que los adeptos de las supersticiones más absurdas y perversas actúan según los dictados de su conciencia cuando sacrifican seres humanos y exponen a la muerte a sus hijos o a ellos mismos; pero ¿quién diría que es buena una conciencia que permite estas cosas? El conocimiento de la verdad está, pues, en el fundamento de una buena conciencia. No hay nada tan importante para el hombre como la verdad, por lo cual la Escritura dice, «compra la verdad y no la vendas» (Pr 23:23).

Pero muy a menudo no se atiende a la conciencia cuando esta dicta correctamente lo que debe hacerse o evitarse. Hostigados por las urgencias de nuestros apetitos, la tormenta de las pasiones y el incesante ajetreo del mundo, no prestamos atención a los susurros de la conciencia. En muchos casos en que las personas obran mal, estas tienen un presentimiento de que lo que pretenden hacer no es correcto o, al menos, una sugerencia de que deberían inquirir y considerar cuál es su deber. Algunas personas que son muy concienzudas en cuestiones importantes, parecen no tener discernimiento moral en otras relativamente menores.Image result for ancianos y jovenes

El hábito de consultar el sentido moral de todas las cosas es de gran importancia. Antes de actuar, consideren lo que van a hacer y tengan cuidado de la falsa coloración que la pasión y los intereses personales introducen en los temas de nuestro deber. Apóyense en lo seguro. Cuando tengan dudas sobre el carácter de una determinada acción, no se aventuren; antes de llevarla a cabo estén plenamente convencidos en su mente, «porque todo lo que no proviene de fe es pecado» (Ro 14:23). Algunas personas son muy concienzudas y puntillosas acerca de pequeños detalles, pero negligentes sobre las cuestiones más importantes de la ley. Así es la conciencia de los hipócritas. Otros tienen una conciencia que les molesta, porque nunca han examinado y limpiado completamente la infectada herida de la culpa, sino que tan solo la han tratado de manera superficial. Su arrepentimiento no ha sido suficientemente profundo ni completo; siguen tolerando pecados secretos. Mientras esta sea la situación es imposible tener una buena conciencia. El remedio que Dios prescribe es un sincero arrepentimiento, humillación y confesión y donde faltan estas cosas la conciencia no estará en paz.

Sea cual sea la dolencia o defecto moral que nos envuelve, es algo que Dios aborrece y que contrista a su Espíritu Santo. Dios nos deja justamente en una situación de oscuridad, esterilidad y sufrimiento, puesto que no hemos deseado verdaderamente ser liberados del pecado, sino que le presentamos vanas excusas por nuestras faltas. En este caso les aconsejo que busquen, especialmente, la obra del Santo Consolador. Solo mediante su divina influencia podrán mantener una buena conciencia. Y si se dan cuenta de que han contristado al Espíritu y que carecen de su consuelo, no descansen hasta experimentar nuevamente la paz y el gozo, que son fruto de su morada en nosotros.

 

Fuente:

A. Alexander, Consejos de Los Ancianos a Los Jóvenes, ed. Guillermo Powell, trans. Pedro L. Gómez (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2016).

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ESCUCHEN A LOS ANCIANOS (parte 2)

Tentaciones

Ejerzan una incesante vigilancia contra los peligros y tentaciones que les rodean y que, sin duda, les asaltarán. Aunque estos peligros son demasiados para ser enumerados en detalle, quiero mencionar algunos de ellos. Guárdense diligentemente contra todo lo que les conduzca a la infidelidad. Rechacen desde el principio los pensamientos de incredulidad y las dudas. Aun si este sistema infiel fuera verdadero, no les promete ningún consuelo y no puede, en modo alguno, serles útil. Pero la mejor seguridad será estudiar con diligencia las pruebas de la religión, y estar preparados para responder a los reparos de la infidelidad en cada punto. Lean a los mejores escritores sobre este tema, y que su fe descanse sobre el firme terreno de la evidencia.

Otro peligro contra el que han de estar vigilantes, es el de los placeres, los placeres de los sentidos. Las diversiones de este mundo, por inocentes que puedan parecer, están llenas de peligros ocultos. Estas escenas van animando los espíritus y excitando la imaginación, hasta que acallan la razón y la conciencia y se olvida el verdadero propósito de la vida. Por amor al placer, se descuida todo lo que es importante y sagrado, y la parte más valiosa de la vida humana se derrocha en compromisos improductivos. Tengan pues cuidado con la vorágine del libertinaje y, en especial, no se acerquen al abismo de los excesos en la bebida. Por este terreno resbaladizo, han caído muchas personas fuertes y nunca se han levantado.

Los trofeos de este vicio insidioso y destructivo están desparramados por todas partes, y los sabios y los buenos han llegado a la conclusión de que la única salvaguarda eficaz contra este enemigo es una decidida y persistente abstinencia de las bebidas alcohólicas. Busquen la felicidad, queridos jóvenes, en la consecución de objetos útiles y en el desempeño del deber. Entonces, estarán seguros y no tendrán ninguna razón para envidiar a los adoradores del placer sensual.

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Control de la lengua

Un consejo semejante al que acabamos de considerar es «CONTROLEN LA LENGUA». Es probable que se cometan más pecados y se haga más daño por un mal uso de este pequeño miembro, que por ningún otro medio. La facultad del habla es una de las más útiles con que Dios nos ha dotado, pero es sumamente susceptible de ser mal utilizada. La Escritura llama, por tanto, «varón perfecto» (Stg 3:2) al hombre que es capaz de dominar la lengua, y afirma también que «si alguno se cree religioso… y no refrena su lengua… la religión del tal es vana» (Stg 1:26). Las palabras que pronunciamos son una exacta indicación del estado moral de nuestra mente. «Porque por tus palabras —dice nuestro Señor— serás justificado, y por tus palabras serás condenado» (Mt 12:37). Los pecados de la lengua no solo son más numerosos que los demás, sino que algunos de ellos son los más horribles que el ser humano puede cometer (el pecado que no tiene perdón, es un pecado de la lengua).

No es solo que debemos evitar toda profanidad, obscenidad y falsedad, sino que debemos esforzarnos constantemente para que nuestra conversación sea útil. Estén siempre dispuestos a comunicar conocimiento, a sugerir ideas provechosas, a recomendar la virtud y la religión, a reprender el pecado, y a dar gloria a Dios. Tengan cuidado de hablar mal de otras personas. El hábito de la detracción es uno de los peores que pueden contraer y señala siempre la presencia de un corazón envidioso y maligno. En lugar de prostituir este miembro activo y útil usándolo para la calumnia, utilícenlo para defender al inocente y al que sufre.

Permítanme sugerir las siguientes breves reglas para el control de la lengua:

  • Eviten la locuacidad. «En las muchas palabras no falta pecado» (Prov 10:19). Si no tienen nada que comunicar que pueda ser útil, guarden silencio.
  • Piensen antes de hablar. Cuántas angustias y dolorosas experiencias se evitarían obedeciendo este simple precepto.
  • Sean especialmente cautelosos en lo que respecta a decir cualquier cosa en forma de promesa, sin haberlo considerado con atención.
  • Sean escrupulosamente cuidadosos con la verdad, hasta en los detalles más pequeños y en todo lo que dicen.
  • Nunca digan cosas que puedan suscitar algún tipo de mal sentimiento en la mente de otras personas. Estén siempre dispuestos a expresar buenos sentimientos, especialmente los que puedan ser útiles para los jóvenes.
  • Escuchen respetuosamente las opiniones de los demás, pero nunca se olviden de dar testimonio, de manera modesta pero firme, contra el error. «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes». (Col 4:6; Ef 4:29)

Una buena conciencia

Mantengan una buena conciencia. Aunque la maldad no tuviera otro castigo que las punzadas de la conciencia que siguen a las malas acciones, ello sería razón suficiente para que cualquier persona evitara aquello que produce tanto dolor. No hay sufrimiento de la mente humana tan intolerable e irremediable como el remordimiento de la conciencia. Un sufrimiento que se aviva cada vez que la persona trae a su mente la acción cometida. Es cierto, la conciencia, por medio del error y reiterada resistencia a sus dictados, puede llegar a insensibilizarse, «cauterizada como con un hierro incandescente», pero esta aparente muerte de la sensibilidad moral no es sino un adormecimiento. Cuando menos se espera y en circunstancias de lo más inoportuno, la conciencia puede despertar y ejercer un poder más intenso que nunca. Aunque por largos años parecía no registrar los pecados cometidos, ahora la conciencia demanda e impone su consideración.

ancianos 3Los hermanos de José parecían haber olvidado su conducta desnaturalizada y cruel al venderle como esclavo a un país extranjero; sin embargo, tras muchos años se encontraron en aquella misma tierra, rodeados de dificultades y peligros, y el recuerdo de su pecado se precipitó dolorosamente en su mente y les arrancó confesiones de culpabilidad. «Dios —dijeron— ha hallado la maldad de tus siervos» (Gn 44:16). «Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia» (Gn 42:21).

Las personas pretenden a menudo escapar de las punzadas de una conciencia culpable trasladándose a otro lugar, pero este remedio es inefectivo. El transgresor puede cruzar el océano, atravesar las montañas más elevadas o esconderse en los oscuros recovecos del desierto, pero no puede huir ni ocultarse eficazmente de su torturador. En algunos casos, la agonía del remordimiento se ha hecho tan intolerable, que quienes han cometido actos muy perversos han preferido «el suicidio, y la muerte» a una desdichada existencia, y se han precipitado a la presencia de su juez antes de que este les llamara. Y en otros casos, personas que han cometido delitos de sangre han encontrado tan intolerable la angustia del remordimiento que se han entregado voluntariamente a la justicia y con una confesión abierta se han declarado culpables, cuando no había testigos humanos que pudieran demostrar su culpa.

Pero ¿quién hay que no haya cometido pecados, cuyo recuerdo le cause un terrible dolor? Y a menudo, cuando miramos atrás, tales actos se oponen obstinadamente a nuestro descanso. Ningún esfuerzo por nuestra parte puede borrar estas cosas de la memoria. Aunque procuremos apartar los ojos de estos desagradables recuerdos, la dolorosa imagen regresa de nuevo, y aquellas personas cuya conciencia no está cauterizada, se sienten perseguidas por la culpa, como por un fastidioso espíritu. Sus pecados les encuentran y les miran de frente, cuando el peligro amenaza o les sorprende la calamidad. No es fácil explicar por qué nuestra sensibilidad moral es unas veces mucho más intensa que otras; pero es un hecho patente, del que posiblemente todos somos conscientes.

Puede, sin duda, existir una morbosa forma de sensibilidad, una irracional y atemorizada aprensión de la conciencia, que es una enfermedad verdadera y preocupante, y solo remite a base de remedios físicos juiciosamente aplicados. La depresión no es fruto de impresiones religiosas, sino uno de los más infelices estados de la mente, producidos por una perturbación del organismo físico, y que hace que quien lo padece fije sus pensamientos en las cosas más terribles y sombrías. Lo mismo se aplica a la demencia. Muchas personas albergan fuertes prejuicios contra la religión experimental, puesto que consideran que esta pone en peligro la razón, y hace enloquecer a las personas tímidas y deficientes mentalmente.

No hay duda de que cualquier emoción o pasión intensa puede, cuando hay una predisposición a la enfermedad, perturbar el normal ejercicio de la razón. Decir, sin embargo, que este peligro es mayor en las personas profundamente religiosas que en las demás, carece por completo de fundamento. Puede concederse que el fanatismo puede derivar hacia la demencia. De hecho, estoy convencido desde hace tiempo que el fanatismo, especialmente en sus formas más moderadas, no es sino una especie de demencia. No tengo otra hipótesis para explicar las opiniones y conducta de algunas personas que se han apartado por los excesos del entusiasmo. ¿Pero acaso la mejor forma de guardarnos contra esta clase de trastorno mental es el rechazo de lo religioso, y el abandono a los vicios y la infidelidad? ¡De ningún modo! Quienes se refugian en estas cosas descubren que son «refugios de la mentira» (Is 28:17). El único remedio eficaz contra el sufrimiento de una mente perturbada y una conciencia culpable es la verdadera religión. Para esta herida, el bálsamo de Galaad es el único medicamento que ha demostrado ser eficaz. Aquellas personas que pueden apreciar una esperanza viva y feliz más allá de la muerte, que ven a Dios como un Padre con quien están reconciliados, y que sienten benevolencia hacia todos los seres humanos, tienen sin duda en ellos mismos los ingredientes de una paz mental permanente.

Cuando les aconsejo, queridos jóvenes, que mantengan una buena conciencia, quiero decir, que deben, en primer lugar, esforzarse por obtener esta inestimable bendición por la aplicación de «la sangre rociada» (Heb 12:24). Hasta que el alma ha sido justificada y el pecado perdonado, no puede haber verdadera paz de conciencia. Mientras las demandas de la ley siguen sin cumplirse y esta dicta contra nosotros el castigo que merecen nuestros pecados, ¿qué hay en el universo que pueda darnos paz? Sin embargo, cuando, por la fe, el alma hace suya la expiación y ve que esta cumple todas las demandas de la ley, y que la cruz, no solo satisface la justicia, sino que la ilustra gloriosamente, la persona siente un inmediato alivio de la agonía de la culpa y su ser se llena de la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. El gran secreto de la verdadera paz es, pues, una fe viva en la sangre de Cristo. Pero si quieren mantener una conciencia pura y disfrutar la paz, no solo deben obtener el perdón de los pecados pasados, sino procurar también no pecar más en el futuro. La ley de Dios es muy amplia y si queremos mantener la paz de conciencia, hemos de adaptar nuestras acciones a sus preceptos con santa y persistente diligencia.

Una buena conciencia es siempre una conciencia iluminada. El error puede llevar a un hombre a creer que está sirviendo a Dios, cuando en realidad, está persiguiendo a su pueblo; pero esta persona no tiene una buena conciencia. Alguien puede obrar muy concienzudamente y, al mismo tiempo, de manera muy perversa. Supongo que los adeptos de las supersticiones más absurdas y perversas actúan según los dictados de su conciencia cuando sacrifican seres humanos y exponen a la muerte a sus hijos o a ellos mismos; pero ¿quién diría que es buena una conciencia que permite estas cosas? El conocimiento de la verdad está, pues, en el fundamento de una buena conciencia. No hay nada tan importante para el hombre como la verdad, por lo cual la Escritura dice, «compra la verdad y no la vendas» (Pr 23:23).

Pero muy a menudo no se atiende a la conciencia cuando esta dicta correctamente lo que debe hacerse o evitarse. Hostigados por las urgencias de nuestros apetitos, la tormenta de las pasiones y el incesante ajetreo del mundo, no prestamos atención a los susurros de la conciencia. En muchos casos en que las personas obran mal, estas tienen un presentimiento de que lo que pretenden hacer no es correcto o, al menos, una sugerencia de que deberían inquirir y considerar cuál es su deber. Algunas personas que son muy concienzudas en cuestiones importantes, parecen no tener discernimiento moral en otras relativamente menores.

El hábito de consultar el sentido moral de todas las cosas es de gran importancia. Antes de actuar, consideren lo que van a hacer y tengan cuidado de la falsa coloración que la pasión y los intereses personales introducen en los temas de nuestro deber. Apóyense en lo seguro. Cuando tengan dudas sobre el carácter de una determinada acción, no se aventuren; antes de llevarla a cabo estén plenamente convencidos en su mente, «porque todo lo que no proviene de fe es pecado» (Ro 14:23). Algunas personas son muy concienzudas y puntillosas acerca de pequeños detalles, pero negligentes sobre las cuestiones más importantes de la ley. Así es la conciencia de los hipócritas. Otros tienen una conciencia que les molesta, porque nunca han examinado y limpiado completamente la infectada herida de la culpa, sino que tan solo la han tratado de manera superficial. Su arrepentimiento no ha sido suficientemente profundo ni completo; siguen tolerando pecados secretos. Mientras esta sea la situación es imposible tener una buena conciencia. El remedio que Dios prescribe es un sincero arrepentimiento, humillación y confesión y donde faltan estas cosas la conciencia no estará en paz.

Sea cual sea la dolencia o defecto moral que nos envuelve, es algo que Dios aborrece y que contrista a su Espíritu Santo. Dios nos deja justamente en una situación de oscuridad, esterilidad y sufrimiento, puesto que no hemos deseado verdaderamente ser liberados del pecado, sino que le presentamos vanas excusas por nuestras faltas. En este caso les aconsejo que busquen, especialmente, la obra del Santo Consolador. Solo mediante su divina influencia podrán mantener una buena conciencia. Y si se dan cuenta de que han contristado al Espíritu y que carecen de su consuelo, no descansen hasta experimentar nuevamente la paz y el gozo, que son fruto de su morada en nosotros.

 

Fuente:
A. Alexander, Consejos de los ancianos a los jóvenes, ed. Guillermo Powell, trans. Pedro L. Gómez (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2016).

ESCUCHEN A LOS ANCIANOS (parte 1)

Buenos hábitos

Presten atención a la formación de buenos hábitos. Casi todos los hábitos permanentes se forman en la juventud; y estos forman, a su vez, el carácter del hombre a lo largo de la vida. Creo que es Paley, quien observa que de cada diez acciones que realizamos, nueve proceden de nuestros hábitos y solo una es fruto de una deliberación. Poco comprenden los jóvenes las cruciales consecuencias de muchas de las acciones que repiten con más frecuencia. Algunos hábitos son simplemente inconvenientes, pero no tienen significación moral; otros, sin embargo, afectan a los principios de nuestra conducta, y resultan en fuentes de bien o mal, en un grado incalculable. En cuanto a los primeros, deben evitarse, como cosas que afectan a nuestro bienestar y acaban afectando nuestra utilidad; pero los últimos deberían desaprobarse como prácticas que ponen los cimientos de un carácter impío y obstaculizan cualquier avance mental y moral.

Buenas compañías

Sean específicos y selectivos en lo que respecta a la compañía de que se rodean y a las amistades que forman. Como dice el proverbio, «dime con quién andas y te diré quién eres». «Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres» (1 Co 15:33). Los vicios se propagan más fácilmente por medio de compañías inadecuadas, que por ningún otro medio. Igual que una oveja apestada contagia su enfermedad a todo el rebaño, un pecador causa a menudo una gran destrucción corrompiendo a los jóvenes que caen bajo su influencia. Cuando las personas perversas poseen ingenio y capacidades de seducción, su conversación se hace especialmente peligrosa para los jóvenes. Les rogamos, queridos jóvenes, que no desarrollen relaciones cercanas con ninguna persona cuyos principios sean sospechosos. La amistad con personas libertinas es sumamente peligrosa. No escuchen sus hermosos discursos y cálidas profesiones de afecto. Huyan de ellas como de la peste. No se relacionen estrechamente con tales personas. No piensen en darles su abrazo, más de lo que se lo darían a una víbora. No miren su belleza, ni permitan que les cautiven sus seductores ademanes y palabras. Bajo estas falsas apariencias acecha un destructivo veneno.

«No os unáis en yugo desigual con los incrédulos» (2 Co 6:14), es la exhortación de la Escritura. ¿Y qué puede ser más impropio e incongruente, que una mujer tierna y virtuosa unida indisolublemente a un hombre libertino y sin principios? ¿O un buen hombre casado con una mujer carente de devoción y virtud? Tengan, por tanto, especial cuidado en la adquisición de compromisos para toda la vida. Relaciónense con personas sabias y buenas, y estas relaciones les harán más sabios y mejores.

Buena reputación

Esfuércense por adquirir y mantener una buena reputación. «De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas» (Pr 22:1). Una fortuna perdida puede recuperarse, pero no una buena reputación. Muchas veces, sin pensarlo, los jóvenes están poniendo el fundamento de una reputación poco envidiable. Ni se les pasa por la cabeza que el carácter que desarrollan en la escuela o en la universidad les acompañará, posiblemente, toda la vida. El joven conocido por sus mentiras, picardías, falsedades, etc., cuando sea adulto, inspirará desconfianza a quienes le conocen. Las manchas de carácter no se lavan con facilidad. En el caso de un joven varón, las faltas y locuras de juventud, aun mucho después de cometidas, pueden ser recordadas y traerle confusión y dolor. Y especialmente el carácter femenino es primoroso y delicado. Con frecuencia un pequeño grado de imprudencia por parte de una joven pondrá un estigma en su reputación que ninguna sobriedad posterior podrá borrar completamente.

No quiero decir que los jóvenes deban perseguir un falso sentido del honor, que les lleve a luchar y batirse por su reputación. Ningún hombre ha conseguido o acrecentado nunca una buena reputación derramando la sangre de un ser humano. La clase de honor de que estamos hablando debe surgir de una persistente vida de buenas obras. Valoren esta clase de vida, como un bien inestimable para su propia paz y como un poderoso medio de utilidad. La forma más potente y eficaz de ser útiles como seres humanos es la influencia, y esta depende por completo de la reputación.

Economía

Administren sus intereses materiales con ahorro y discreción. Eviten la imprudencia, el bochorno y la humillación de contraer deudas. Conduzcan sus negocios con atención y diligencia; y mantengan sus cuentas en tal estado, que no tengan dificultades para averiguar el verdadero estado de sus asuntos. A menudo sin pretenderlo, algunos hombres acaban siendo injustos y destructivos con los demás, simplemente por gestionar sus negocios de forma confusa y negligente. Después de un tiempo, esta clase de persona siente una invencible aversión a realizar un examen meticuloso de sus negocios. Cierra los ojos al desastre que está trayendo sobre sí mismo, y se precipita despreocupadamente por el camino que los hábitos o costumbres han hecho agradable. Cuando, finalmente, llega una situación que le obliga a adoptar alguna medida para salir de las dificultades que él mismo ha provocado, siente la fuerte tentación de recurrir a métodos que no son estrictamente honorables. Se convence a sí mismo de que, si puede salvar su reputación en esta situación, podrá reconducirlo todo con diligencia y buena suerte y evitar que sus amigos sufran por su culpa. Sin embargo, estos esfuerzos por recuperar el terreno perdido resultan normalmente ineficaces y hacen la situación de la persona más complicada que antes. Se da cuenta, finalmente, que se hunde y este descubrimiento produce a menudo una desesperada imprudencia. Sus deudas se hacen cada vez más cuantiosas y a menudo arrastra a la destrucción, no solo a su familia, sino también a algunos de sus amigos que confiaban demasiado incondicionalmente en su veracidad e integridad.

Sucede también muy a menudo que, para sostener a su familia desprotegida, quienes han fracasado en los negocios recurren a medios que un sano juicio moral nunca aprobaría. La tentación que, en estos casos, genera el tierno amor de la esposa y los hijos, es sin duda muy fuerte, pero no invencible. En el mundo de los negocios, hay numerosos ejemplos de nobleza, honra y la más estricta integridad de hombres que habrían podido defraudar a sus acreedores o implicar profundamente a sus amigos, pero decidieron más bien mirar de frente a la pobreza y ver a sus amadas familias descender de una posición holgada al valle de la oscuridad, antes que realizar algún acto deshonroso. Y, a largo plazo, esto acaba beneficiándoles más que cualquier ventaja obtenida por haber recurrido a cambios y evasiones de dudosa integridad moral.

Aquel que sacrifica su reputación por mantener un bienestar presente, lo compra a un precio demasiado alto. El hombre de negocios que, cuando quiebra pierde su reputación de persona veraz e íntegra, recibirá muy poca simpatía del mundo y tendrá muy pocas posibilidades de levantar de nuevo sus negocios. Pero aquel que ha caído en desgracia y aun así se mantiene íntegro y sin tacha, puede a menudo volver a los negocios con buenas expectativas, recibiendo, en sus intentos de ganarse la vida, el ánimo y la ayuda de personas adineradas y bien situadas. A menudo estos hombres llegan a tener tanto éxito que pueden compensar a quienes les brindaron su ayuda en el tiempo de su ruina.
Tengan cuidado de que la ambición no les domine en sus empresas comerciales. El orgullo de crear una gran empresa y de tener un lugar destacado en el sector comercial seduce a muchos hombres de negocios jóvenes; por otra parte, la codicia les tienta todavía más a involucrarse en peligrosas especulaciones y a trabajar con un volumen de negocio que va más allá del capital de que disponen. Las bancarrotas llegan, por ello, a ser algo tan común que dejan de generar sorpresa. Familias que han recibido una elevada educación y han vivido mucho tiempo en el lujo y las comodidades de la vida, quedan reducidas a la pobreza.

En nuestras grandes ciudades comerciales pueden encontrarse muchas familias de este tipo, que son en verdad más dignas de ayuda que el mendigo común que demanda nuestra limosna de forma abierta y ostentosa. Las verdaderas privaciones y sufrimientos de tales familias no se conocen plenamente, ya que para evitar el desprecio y la conmiseración de la gente, tales personas corren un velo de decencia sobre su indigencia, y prefieren sufrir secretamente en sus carencias que buscar alivio divulgando públicamente sus necesidades. Los filántropos cristianos, no obstante, buscarán a este tipo de víctimas y pensarán en formas de aliviar sus necesidades acordes con la delicadeza de sus sentimientos.

Aunque los anteriores comentarios son particularmente apropiados para aquellos que se dedican a los negocios, son también aplicables a todas las personas. Es cierto que la integridad es el alma del comerciante, pero es también una excelente cualidad que cada ser humano debe poseer. Todos somos susceptibles de llegar a un estado de indigencia tras una larga serie de adversos acontecimientos. Mi recomendación es, pues, que se inicien y trabajen en los negocios con toda prudencia; y cuando deban hacer frente a situaciones desafortunadas, que se conduzcan de tal modo que preserven su integridad y reputación, no recurriendo a medios de dudosa moralidad, sino actuando siempre en conformidad con las más estrictas reglas de la justicia y el honor.

 

Fuente:
A. Alexander, Consejos de los ancianos a los jóvenes, ed. Guillermo Powell, trans. Pedro L. Gómez (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2016).