LOS ADULTOS ACONSEJAN

Control de la lengua

«Controlen la lengua». Es probable que se cometan más pecados y se haga más daño por un mal uso de este pequeño miembro, que por ningún otro medio. La facultad del habla es una de las más útiles con que Dios nos ha dotado, pero es sumamente susceptible de ser mal utilizada. La Escritura llama, por tanto, «varón perfecto» (Stg 3:2) al hombre que es capaz de dominar la lengua, y afirma también que «si alguno se cree religioso… y no refrena su lengua… la religión del tal es vana» (Stg 1:26). Las palabras que pronunciamos son una exacta indicación del estado moral de nuestra mente. «Porque por tus palabras —dice nuestro Señor— serás justificado, y por tus palabras serás condenado» (Mt 12:37). Los pecados de la lengua no solo son más numerosos que los demás, sino que algunos de ellos son los más horribles que el ser humano puede cometer (el pecado que no tiene perdón, es un pecado de la lengua).

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No es solo que debemos evitar toda profanidad, obscenidad y falsedad, sino que debemos esforzarnos constantemente para que nuestra conversación sea útil. Estén siempre dispuestos a comunicar conocimiento, a sugerir ideas provechosas, a recomendar la virtud y la religión, a reprender el pecado, y a dar gloria a Dios. Tengan cuidado de hablar mal de otras personas. El hábito de la detracción es uno de los peores que pueden contraer y señala siempre la presencia de un corazón envidioso y maligno. En lugar de prostituir este miembro activo y útil usándolo para la calumnia, utilícenlo para defender al inocente y al que sufre.

Permítanme sugerir las siguientes breves reglas para el control de la lengua:

  • Eviten la locuacidad. «En las muchas palabras no falta pecado» (Prov 10:19). Si no tienen nada que comunicar que pueda ser útil, guarden silencio.
  • Piensen antes de hablar. Cuántas angustias y dolorosas experiencias se evitarían obedeciendo este simple precepto.
  • Sean especialmente cautelosos en lo que respecta a decir cualquier cosa en forma de promesa, sin haberlo considerado con atención.
  • Sean escrupulosamente cuidadosos con la verdad, hasta en los detalles más pequeños y en todo lo que dicen.
  • Nunca digan cosas que puedan suscitar algún tipo de mal sentimiento en la mente de otras personas. Estén siempre dispuestos a expresar buenos sentimientos, especialmente los que puedan ser útiles para los jóvenes.
  • Escuchen respetuosamente las opiniones de los demás, pero nunca se olviden de dar testimonio, de manera modesta pero firme, contra el error. «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes». (Col 4:6; Ef 4:29)

Una buena conciencia

Mantengan una buena conciencia. Aunque la maldad no tuviera otro castigo que las punzadas de la conciencia que siguen a las malas acciones, ello sería razón suficiente para que cualquier persona evitara aquello que produce tanto dolor. No hay sufrimiento de la mente humana tan intolerable e irremediable como el remordimiento de la conciencia. Un sufrimiento que se aviva cada vez que la persona trae a su mente la acción cometida. Es cierto, la conciencia, por medio del error y reiterada resistencia a sus dictados, puede llegar a insensibilizarse, «cauterizada como con un hierro incandescente», pero esta aparente muerte de la sensibilidad moral no es sino un adormecimiento. Cuando menos se espera y en circunstancias de lo más inoportuno, la conciencia puede despertar y ejercer un poder más intenso que nunca. Aunque por largos años parecía no registrar los pecados cometidos, ahora la conciencia demanda e impone su consideración.

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Los hermanos de José parecían haber olvidado su conducta desnaturalizada y cruel al venderle como esclavo a un país extranjero; sin embargo, tras muchos años se encontraron en aquella misma tierra, rodeados de dificultades y peligros, y el recuerdo de su pecado se precipitó dolorosamente en su mente y les arrancó confesiones de culpabilidad. «Dios —dijeron— ha hallado la maldad de tus siervos» (Gn 44:16). «Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia» (Gn 42:21).

Las personas pretenden a menudo escapar de las punzadas de una conciencia culpable trasladándose a otro lugar, pero este remedio es inefectivo. El transgresor puede cruzar el océano, atravesar las montañas más elevadas o esconderse en los oscuros recovecos del desierto, pero no puede huir ni ocultarse eficazmente de su torturador. En algunos casos, la agonía del remordimiento se ha hecho tan intolerable, que quienes han cometido actos muy perversos han preferido «el suicidio, y la muerte» a una desdichada existencia, y se han precipitado a la presencia de su juez antes de que este les llamara. Y en otros casos, personas que han cometido delitos de sangre han encontrado tan intolerable la angustia del remordimiento que se han entregado voluntariamente a la justicia y con una confesión abierta se han declarado culpables, cuando no había testigos humanos que pudieran demostrar su culpa.

Pero ¿quién hay que no haya cometido pecados, cuyo recuerdo le cause un terrible dolor? Y a menudo, cuando miramos atrás, tales actos se oponen obstinadamente a nuestro descanso. Ningún esfuerzo por nuestra parte puede borrar estas cosas de la memoria. Aunque procuremos apartar los ojos de estos desagradables recuerdos, la dolorosa imagen regresa de nuevo, y aquellas personas cuya conciencia no está cauterizada, se sienten perseguidas por la culpa, como por un fastidioso espíritu. Sus pecados les encuentran y les miran de frente, cuando el peligro amenaza o les sorprende la calamidad. No es fácil explicar por qué nuestra sensibilidad moral es unas veces mucho más intensa que otras; pero es un hecho patente, del que posiblemente todos somos conscientes.

Puede, sin duda, existir una morbosa forma de sensibilidad, una irracional y atemorizada aprensión de la conciencia, que es una enfermedad verdadera y preocupante, y solo remite a base de remedios físicos juiciosamente aplicados. La depresión no es fruto de impresiones religiosas, sino uno de los más infelices estados de la mente, producidos por una perturbación del organismo físico, y que hace que quien lo padece fije sus pensamientos en las cosas más terribles y sombrías. Lo mismo se aplica a la demencia. Muchas personas albergan fuertes prejuicios contra la religión experimental, puesto que consideran que esta pone en peligro la razón, y hace enloquecer a las personas tímidas y deficientes mentalmente.

No hay duda de que cualquier emoción o pasión intensa puede, cuando hay una predisposición a la enfermedad, perturbar el normal ejercicio de la razón. Decir, sin embargo, que este peligro es mayor en las personas profundamente religiosas que en las demás, carece por completo de fundamento. Puede concederse que el fanatismo puede derivar hacia la demencia. De hecho, estoy convencido desde hace tiempo que el fanatismo, especialmente en sus formas más moderadas, no es sino una especie de demencia. No tengo otra hipótesis para explicar las opiniones y conducta de algunas personas que se han apartado por los excesos del entusiasmo. ¿Pero acaso la mejor forma de guardarnos contra esta clase de trastorno mental es el rechazo de lo religioso, y el abandono a los vicios y la infidelidad? ¡De ningún modo! Quienes se refugian en estas cosas descubren que son «refugios de la mentira» (Is 28:17). El único remedio eficaz contra el sufrimiento de una mente perturbada y una conciencia culpable es la verdadera religión. Para esta herida, el bálsamo de Galaad es el único medicamento que ha demostrado ser eficaz. Aquellas personas que pueden apreciar una esperanza viva y feliz más allá de la muerte, que ven a Dios como un Padre con quien están reconciliados, y que sienten benevolencia hacia todos los seres humanos, tienen sin duda en ellos mismos los ingredientes de una paz mental permanente.

Cuando les aconsejo, queridos jóvenes, que mantengan una buena conciencia, quiero decir, que deben, en primer lugar, esforzarse por obtener esta inestimable bendición por la aplicación de «la sangre rociada» (Heb 12:24). Hasta que el alma ha sido justificada y el pecado perdonado, no puede haber verdadera paz de conciencia. Mientras las demandas de la ley siguen sin cumplirse y esta dicta contra nosotros el castigo que merecen nuestros pecados, ¿qué hay en el universo que pueda darnos paz? Sin embargo, cuando, por la fe, el alma hace suya la expiación y ve que esta cumple todas las demandas de la ley, y que la cruz, no solo satisface la justicia, sino que la ilustra gloriosamente, la persona siente un inmediato alivio de la agonía de la culpa y su ser se llena de la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. El gran secreto de la verdadera paz es, pues, una fe viva en la sangre de Cristo. Pero si quieren mantener una conciencia pura y disfrutar la paz, no solo deben obtener el perdón de los pecados pasados, sino procurar también no pecar más en el futuro. La ley de Dios es muy amplia y si queremos mantener la paz de conciencia, hemos de adaptar nuestras acciones a sus preceptos con santa y persistente diligencia.

Una buena conciencia es siempre una conciencia iluminada. El error puede llevar a un hombre a creer que está sirviendo a Dios, cuando en realidad, está persiguiendo a su pueblo; pero esta persona no tiene una buena conciencia. Alguien puede obrar muy concienzudamente y, al mismo tiempo, de manera muy perversa. Supongo que los adeptos de las supersticiones más absurdas y perversas actúan según los dictados de su conciencia cuando sacrifican seres humanos y exponen a la muerte a sus hijos o a ellos mismos; pero ¿quién diría que es buena una conciencia que permite estas cosas? El conocimiento de la verdad está, pues, en el fundamento de una buena conciencia. No hay nada tan importante para el hombre como la verdad, por lo cual la Escritura dice, «compra la verdad y no la vendas» (Pr 23:23).

Pero muy a menudo no se atiende a la conciencia cuando esta dicta correctamente lo que debe hacerse o evitarse. Hostigados por las urgencias de nuestros apetitos, la tormenta de las pasiones y el incesante ajetreo del mundo, no prestamos atención a los susurros de la conciencia. En muchos casos en que las personas obran mal, estas tienen un presentimiento de que lo que pretenden hacer no es correcto o, al menos, una sugerencia de que deberían inquirir y considerar cuál es su deber. Algunas personas que son muy concienzudas en cuestiones importantes, parecen no tener discernimiento moral en otras relativamente menores.Image result for ancianos y jovenes

El hábito de consultar el sentido moral de todas las cosas es de gran importancia. Antes de actuar, consideren lo que van a hacer y tengan cuidado de la falsa coloración que la pasión y los intereses personales introducen en los temas de nuestro deber. Apóyense en lo seguro. Cuando tengan dudas sobre el carácter de una determinada acción, no se aventuren; antes de llevarla a cabo estén plenamente convencidos en su mente, «porque todo lo que no proviene de fe es pecado» (Ro 14:23). Algunas personas son muy concienzudas y puntillosas acerca de pequeños detalles, pero negligentes sobre las cuestiones más importantes de la ley. Así es la conciencia de los hipócritas. Otros tienen una conciencia que les molesta, porque nunca han examinado y limpiado completamente la infectada herida de la culpa, sino que tan solo la han tratado de manera superficial. Su arrepentimiento no ha sido suficientemente profundo ni completo; siguen tolerando pecados secretos. Mientras esta sea la situación es imposible tener una buena conciencia. El remedio que Dios prescribe es un sincero arrepentimiento, humillación y confesión y donde faltan estas cosas la conciencia no estará en paz.

Sea cual sea la dolencia o defecto moral que nos envuelve, es algo que Dios aborrece y que contrista a su Espíritu Santo. Dios nos deja justamente en una situación de oscuridad, esterilidad y sufrimiento, puesto que no hemos deseado verdaderamente ser liberados del pecado, sino que le presentamos vanas excusas por nuestras faltas. En este caso les aconsejo que busquen, especialmente, la obra del Santo Consolador. Solo mediante su divina influencia podrán mantener una buena conciencia. Y si se dan cuenta de que han contristado al Espíritu y que carecen de su consuelo, no descansen hasta experimentar nuevamente la paz y el gozo, que son fruto de su morada en nosotros.

 

Fuente:

A. Alexander, Consejos de Los Ancianos a Los Jóvenes, ed. Guillermo Powell, trans. Pedro L. Gómez (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2016).

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