ESCUCHEN A LOS ANCIANOS (parte 1)

Buenos hábitos

Presten atención a la formación de buenos hábitos. Casi todos los hábitos permanentes se forman en la juventud; y estos forman, a su vez, el carácter del hombre a lo largo de la vida. Creo que es Paley, quien observa que de cada diez acciones que realizamos, nueve proceden de nuestros hábitos y solo una es fruto de una deliberación. Poco comprenden los jóvenes las cruciales consecuencias de muchas de las acciones que repiten con más frecuencia. Algunos hábitos son simplemente inconvenientes, pero no tienen significación moral; otros, sin embargo, afectan a los principios de nuestra conducta, y resultan en fuentes de bien o mal, en un grado incalculable. En cuanto a los primeros, deben evitarse, como cosas que afectan a nuestro bienestar y acaban afectando nuestra utilidad; pero los últimos deberían desaprobarse como prácticas que ponen los cimientos de un carácter impío y obstaculizan cualquier avance mental y moral.

Buenas compañías

Sean específicos y selectivos en lo que respecta a la compañía de que se rodean y a las amistades que forman. Como dice el proverbio, «dime con quién andas y te diré quién eres». «Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres» (1 Co 15:33). Los vicios se propagan más fácilmente por medio de compañías inadecuadas, que por ningún otro medio. Igual que una oveja apestada contagia su enfermedad a todo el rebaño, un pecador causa a menudo una gran destrucción corrompiendo a los jóvenes que caen bajo su influencia. Cuando las personas perversas poseen ingenio y capacidades de seducción, su conversación se hace especialmente peligrosa para los jóvenes. Les rogamos, queridos jóvenes, que no desarrollen relaciones cercanas con ninguna persona cuyos principios sean sospechosos. La amistad con personas libertinas es sumamente peligrosa. No escuchen sus hermosos discursos y cálidas profesiones de afecto. Huyan de ellas como de la peste. No se relacionen estrechamente con tales personas. No piensen en darles su abrazo, más de lo que se lo darían a una víbora. No miren su belleza, ni permitan que les cautiven sus seductores ademanes y palabras. Bajo estas falsas apariencias acecha un destructivo veneno.

«No os unáis en yugo desigual con los incrédulos» (2 Co 6:14), es la exhortación de la Escritura. ¿Y qué puede ser más impropio e incongruente, que una mujer tierna y virtuosa unida indisolublemente a un hombre libertino y sin principios? ¿O un buen hombre casado con una mujer carente de devoción y virtud? Tengan, por tanto, especial cuidado en la adquisición de compromisos para toda la vida. Relaciónense con personas sabias y buenas, y estas relaciones les harán más sabios y mejores.

Buena reputación

Esfuércense por adquirir y mantener una buena reputación. «De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas» (Pr 22:1). Una fortuna perdida puede recuperarse, pero no una buena reputación. Muchas veces, sin pensarlo, los jóvenes están poniendo el fundamento de una reputación poco envidiable. Ni se les pasa por la cabeza que el carácter que desarrollan en la escuela o en la universidad les acompañará, posiblemente, toda la vida. El joven conocido por sus mentiras, picardías, falsedades, etc., cuando sea adulto, inspirará desconfianza a quienes le conocen. Las manchas de carácter no se lavan con facilidad. En el caso de un joven varón, las faltas y locuras de juventud, aun mucho después de cometidas, pueden ser recordadas y traerle confusión y dolor. Y especialmente el carácter femenino es primoroso y delicado. Con frecuencia un pequeño grado de imprudencia por parte de una joven pondrá un estigma en su reputación que ninguna sobriedad posterior podrá borrar completamente.

No quiero decir que los jóvenes deban perseguir un falso sentido del honor, que les lleve a luchar y batirse por su reputación. Ningún hombre ha conseguido o acrecentado nunca una buena reputación derramando la sangre de un ser humano. La clase de honor de que estamos hablando debe surgir de una persistente vida de buenas obras. Valoren esta clase de vida, como un bien inestimable para su propia paz y como un poderoso medio de utilidad. La forma más potente y eficaz de ser útiles como seres humanos es la influencia, y esta depende por completo de la reputación.

Economía

Administren sus intereses materiales con ahorro y discreción. Eviten la imprudencia, el bochorno y la humillación de contraer deudas. Conduzcan sus negocios con atención y diligencia; y mantengan sus cuentas en tal estado, que no tengan dificultades para averiguar el verdadero estado de sus asuntos. A menudo sin pretenderlo, algunos hombres acaban siendo injustos y destructivos con los demás, simplemente por gestionar sus negocios de forma confusa y negligente. Después de un tiempo, esta clase de persona siente una invencible aversión a realizar un examen meticuloso de sus negocios. Cierra los ojos al desastre que está trayendo sobre sí mismo, y se precipita despreocupadamente por el camino que los hábitos o costumbres han hecho agradable. Cuando, finalmente, llega una situación que le obliga a adoptar alguna medida para salir de las dificultades que él mismo ha provocado, siente la fuerte tentación de recurrir a métodos que no son estrictamente honorables. Se convence a sí mismo de que, si puede salvar su reputación en esta situación, podrá reconducirlo todo con diligencia y buena suerte y evitar que sus amigos sufran por su culpa. Sin embargo, estos esfuerzos por recuperar el terreno perdido resultan normalmente ineficaces y hacen la situación de la persona más complicada que antes. Se da cuenta, finalmente, que se hunde y este descubrimiento produce a menudo una desesperada imprudencia. Sus deudas se hacen cada vez más cuantiosas y a menudo arrastra a la destrucción, no solo a su familia, sino también a algunos de sus amigos que confiaban demasiado incondicionalmente en su veracidad e integridad.

Sucede también muy a menudo que, para sostener a su familia desprotegida, quienes han fracasado en los negocios recurren a medios que un sano juicio moral nunca aprobaría. La tentación que, en estos casos, genera el tierno amor de la esposa y los hijos, es sin duda muy fuerte, pero no invencible. En el mundo de los negocios, hay numerosos ejemplos de nobleza, honra y la más estricta integridad de hombres que habrían podido defraudar a sus acreedores o implicar profundamente a sus amigos, pero decidieron más bien mirar de frente a la pobreza y ver a sus amadas familias descender de una posición holgada al valle de la oscuridad, antes que realizar algún acto deshonroso. Y, a largo plazo, esto acaba beneficiándoles más que cualquier ventaja obtenida por haber recurrido a cambios y evasiones de dudosa integridad moral.

Aquel que sacrifica su reputación por mantener un bienestar presente, lo compra a un precio demasiado alto. El hombre de negocios que, cuando quiebra pierde su reputación de persona veraz e íntegra, recibirá muy poca simpatía del mundo y tendrá muy pocas posibilidades de levantar de nuevo sus negocios. Pero aquel que ha caído en desgracia y aun así se mantiene íntegro y sin tacha, puede a menudo volver a los negocios con buenas expectativas, recibiendo, en sus intentos de ganarse la vida, el ánimo y la ayuda de personas adineradas y bien situadas. A menudo estos hombres llegan a tener tanto éxito que pueden compensar a quienes les brindaron su ayuda en el tiempo de su ruina.
Tengan cuidado de que la ambición no les domine en sus empresas comerciales. El orgullo de crear una gran empresa y de tener un lugar destacado en el sector comercial seduce a muchos hombres de negocios jóvenes; por otra parte, la codicia les tienta todavía más a involucrarse en peligrosas especulaciones y a trabajar con un volumen de negocio que va más allá del capital de que disponen. Las bancarrotas llegan, por ello, a ser algo tan común que dejan de generar sorpresa. Familias que han recibido una elevada educación y han vivido mucho tiempo en el lujo y las comodidades de la vida, quedan reducidas a la pobreza.

En nuestras grandes ciudades comerciales pueden encontrarse muchas familias de este tipo, que son en verdad más dignas de ayuda que el mendigo común que demanda nuestra limosna de forma abierta y ostentosa. Las verdaderas privaciones y sufrimientos de tales familias no se conocen plenamente, ya que para evitar el desprecio y la conmiseración de la gente, tales personas corren un velo de decencia sobre su indigencia, y prefieren sufrir secretamente en sus carencias que buscar alivio divulgando públicamente sus necesidades. Los filántropos cristianos, no obstante, buscarán a este tipo de víctimas y pensarán en formas de aliviar sus necesidades acordes con la delicadeza de sus sentimientos.

Aunque los anteriores comentarios son particularmente apropiados para aquellos que se dedican a los negocios, son también aplicables a todas las personas. Es cierto que la integridad es el alma del comerciante, pero es también una excelente cualidad que cada ser humano debe poseer. Todos somos susceptibles de llegar a un estado de indigencia tras una larga serie de adversos acontecimientos. Mi recomendación es, pues, que se inicien y trabajen en los negocios con toda prudencia; y cuando deban hacer frente a situaciones desafortunadas, que se conduzcan de tal modo que preserven su integridad y reputación, no recurriendo a medios de dudosa moralidad, sino actuando siempre en conformidad con las más estrictas reglas de la justicia y el honor.

 

Fuente:
A. Alexander, Consejos de los ancianos a los jóvenes, ed. Guillermo Powell, trans. Pedro L. Gómez (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2016).

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